Colosenses 2:6 es un versículo que resume la esencia de la vida cristiana: “Así pues, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él”. Pero, ¿qué significa recibir a Cristo y andar en Él? ¿Cómo se relaciona este versículo con la persona y la obra de Jesús, el Hijo de Dios y el Señor de todo?
Recibir a Cristo es aceptarlo como el Salvador y el Señor de nuestras vidas. Es creer en Su muerte y resurrección como el único camino de salvación del pecado y la muerte. Es confiar en Su gracia y misericordia como fuente de nuestro perdón y paz. Es rendirse a Su autoridad y voluntad como el gobernante supremo de nuestros corazones y vidas. Es reconocerlo como la verdadera imagen del Dios invisible, aquel que nos revela el carácter y el amor de Dios.
Andar en Cristo es vivir de una manera que refleje nuestra relación con Él. Es seguir Su ejemplo y enseñanzas como el modelo perfecto de obediencia y santidad. Es permanecer en Su presencia y poder como la fuente de nuestra fuerza y alegría. Es crecer en Su semejanza y madurez como el objetivo de nuestra transformación y santificación. Es honrarlo como la cabeza del cuerpo, la iglesia, y servirlo como el Señor de nuestros dones y ministerios.
El versículo también implica un contraste entre Cristo y los falsos maestros que intentaban engañar a los de Colosas con su filosofía humana y tradiciones religiosas. El apóstol Pablo advierte a los colosenses que no sean cautivos de estas enseñanzas vacías y engañosas, sino que se mantengan firmes en Cristo, la plenitud de Dios y el tesoro de sabiduría y conocimiento (Colosenses 2:8-10).
Jesús está en el centro de nuestra fe no solo porque compró nuestra salvación, sino porque nos ofrece una encarnación más concreta del Señor nuestro Dios. Mientras Dios está siempre con nosotros, Su poder y profundidad también permanecen insondables. Jesús, por otro lado, aunque haya dejado Su carne humana, nos ha dejado sin embargo una impronta humana de la majestuosidad de Dios a través de la cual podemos comprenderlo y adorarlo mejor. A través de nuestros ojos humanos, miramos a Cristo en la cruz, y a través de Cristo vemos apenas destellos más bellos y fugaces de Dios en la eternidad.
Por lo tanto, recibamos a Cristo y andemos en Él, como nos exhorta el apóstol Pablo. No nos dejemos influenciar por ninguna otra doctrina o práctica que pueda disminuir o distorsionar la gloria y la gracia de Cristo. Aferrémonos a Él como nuestra vida y nuestra esperanza, y vivamos para Él como nuestro Señor y nuestro amor.
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